domingo, 6 de noviembre de 2011

¿ SER EL MEJOR O SER EL MEJOR DE NOSOTROS MISMOS?

Inserto en mi blog esta interesante entrada en el blog de Miguel Ángel Santos Guerra, EL ÉXITO COMO LEY.
Son unas reflexiones que comparto acerca de las comparaciones, sobre  medios convertidos en fines, sobre la diferencia entre ser competitivo y ser competente... Como siempre, interesante y entretenido adornándolo con una guarnición de "dichos" y/o anécdotas populares que ayudan a fijar la reflexión a la que nos quiere llevar que no es otra que la que aparece como título de esta entrada. Que aproveche.


La competitividad se ha convertido en una exigencia inexorable. Hay que ganar. Hay que ocupar un puesto preeminente en la escala correspondiente. La que sea. O mejor, en todas. Digamos que el medio se ha convertido en el fin. Obtener un lugar de preferencia en lo exámenes de PISA, por ejemplo, es el objetivo de la educación. No un medio para mejorar, sino el fin que conseguir.
Cuando el éxito se convierte en la ley, poco importa la naturaleza de los medios.
En educación, en política, en negocios, en ventas, en deportes, en audiencias…. Hay que ganar. Entre países, entre provincias, entre comunidades, entre escuelas, entre clases, entre alumnos, entre hermanos.
- ¡Si fueras como tu hermano!, dice la madre con un gesto de tristeza ante el boletín de notas del hijo que ha fracasado en los exámenes.
Están menos orgulloso de él. Hasta le quieren menos. Como si el amor se comprase con sobresalientes. Como si hubiese que ser el primero para ser querido. Pero el amor es gratuito.
Y, a veces, para ganar vale todo. Comparar no sólo es una manía. Se trata, más bien, de una perniciosa y muy poco rigurosa forma de pensar. A veces se oye decir, por ejemplo, que tal o cual deportista es el mejor de toda la historia. Como si se pudiera comparar a un boxeador con un futbolista, a un arquero con un corredor de fondo, a un tenista con un lanzador de jabalina. Y a todos ellos con un ciclista. Como si fuese posible hacer una escala comparativa entre personas de distintas épocas, de distintos lugares, de diferentes condiciones. Qué manía. ¿Se podría decir que la catedral de León es más hermosa que el cuadro de las Meninas o que éste tiene más valor artístico que el Discóbolo de Mirón?
Lo que cuestiono es el absurdo y nocivo afán de la competitividad, de las clasificaciones. Se ha convertido en un tópico el decir que hemos de ser “competitivos”. Desde esta perspectiva, los demás no son compañeros, sino competidores y rivales. ¿Sería razonable ayudar a los competidores?
Parece que si una persona no es la primera, ya no es nada. Y primero sólo hay uno. La competitividad lo preside todo, lo adultera todo. Algunos padres presionan a sus hijos para que sean primeros en una competición, para que obtengan mejores notas que los otros, para que finalicen el torneo como campeones. De poco sirve el esfuerzo si no se ha llegado a ese fin.
La filosofía de la competitividad tiene mucho que ver con la injusticia (porque cada persona parte de unas capacidades y de unas condiciones diferentes), con la superficialidad (porque no se llega a la esencia de las cosas), con el engaño y las apariencias (porque no se consideran los efectos secundarios y los de largo plazo)… Existen infinitas formas de mentir. Una de ellas es la de las estadísticas. Recuérdese aquella curiosa historia del restaurante que fue denunciado por incorporar excesiva carne de caballo en las albóndigas de pollo. El dueño afirmó que mezclaba las carnes a un cincuenta por ciento. Confidencialmente le explicó a un amigo que la proporción era un caballo por cada pollo.
El éxito del deporte en un país no se ve en la satisfacción de los niños y niñas que lo practican sino en el número de medallas que alcanzan los deportistas de élite. El triunfo de un colegio es el número de aprobados en la selectividad (no importan los medios, no importa el trabajo, no importan las consecuencias…), la obsesión de un equipo es conseguir el título de campeón…
Y así se hacen clasificaciones de los mejores colegios del país, se realizan escalas de belleza, se confeccionan taxonomías de resultados… Casi nunca se analiza de qué condiciones se parte. Pocas veces se piensa en el esfuerzo realizado, difícilmente se valora la situación de los que no obtienen el éxito…
¿Qué sucede con los índices de audiencia de los programas de televisión? Lo importante es conseguir el mayor número de espectadores: no importa la calidad del programa, no importan los medios, no importan los contenidos… Un público no formado o deformado rechaza un programa de educación… Y un programa de zafiedades ocupa el primer lugar en los índices de audiencia. Ese es el programa que triunfa, el que se mantiene año tras año. Verdad es lo que todos dicen que es verdad. Recuerdo aquel perspicaz grafiti: Comamos mierda, millones de moscas no pueden equivocarse.
Cuando el éxito se convierte en la ley, poco importa la naturaleza de los medios. Vale todo: pisar al otro, hacer trampas, decir mentiras, sobornar al poderoso… Cuentan que dos cazadores se vieron implicados en un pleito. Uno de ellos le preguntó a su abogado si no sería una buena idea enviarle al juez unos jamones. El abogado se mostró horrorizado. El juez en cuestión era una persona que se enorgullecía de su incorruptibilidad. Un gesto como éste produciría justamente el efecto contrario. Una vez concluido y ganado el juicio, el cazador invitó a su abogado a cenar y le agradeció el consejo referente a los jamones. ¿Sabe usted? Al final acabé enviando los jamones al juez… bajo el nombre de nuestro oponente.
El momento que atraviesa nuestra sociedad es muy peligroso. Impera la filosofía del éxito. La exacerbación de las leyes del mercado, de la competitividad y de la eficacia han generado un clima en el sólo cuenta la eficacia. Se hace necesario romper el sofisma que asola el discurso pedagógico y político: Lo eficaz es verdadero, lo verdadero es justo, luego lo eficaz es justo. Se declara la ley la extrema competitividad, pero sin tener en cuenta el punto de partida de los que compiten. Es como organizar una carrera pretendidamente justa (el mismo punto de salida, idéntico trayecto para recorrer, exacto momento de inicio…) sin tener en cuenta que un deportista es cojo, que a otro le falta una pierna, que otro está desnutrido, que alguno tiene atadas sus piernas a un poste y que otro tiene amarrada al pie una enorme bola de hierro… La carrera es justa: que gane el mejor.
Todo es cuestión de puestos. Por eso es tan fácil la trampa. En una competición de dos, el que se había clasificado en segundo lugar era calificado como “último” por su adversario y como “segundo” por él mismo. Por contra, el otro era declarado “penúltimo” por su contrincante mientras éste dejaba para sí mismo el título de “subcampeón”.
En todo se compite. Me lo contó una madre. Viajaba al lado de su esposo en el coche. Detrás iban los niños. El papá no era amigo de la velocidad, de modo que los coches le adelantaban continuamente. Y de pronto, uno de los chicos se arranca con tono agresivo dirigiéndose a la madre:
- Mamá, nunca podré entender cómo te has casado con un señor al que le adelantan todos los coches.
No es sano para una sociedad formar personas que entran después de ti por una puerta giratoria y pretenden salir antes. Como sea. El planteamiento que deseo llevar a la consideración del lector y de la lectora es sencillo pero, a mi juicio, importante: No se trata de ser el mejor de todos, sino el mejor de nosotros mismos.

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